sábado, 8 de octubre de 2011

Hablando de bueyes perdidos


Lectura no recomendada
para  personas carentes
de imaginación



Ángel Juárez Masares


Suele ocurrir que uno propone  y los recuerdos disponen. Sentarse a escribir sobre bueyes perdidos azuza la memoria, y de pronto es una tropa de bueyes que invade la razón. Entonces uno no sabe a qué atenerse, si tomar el camino del raciocinio y contar una historia comprensible y correctamente redactada, o dejarse llevar por la imaginación, que “entrevera los tantos”,  y nos hace ingresar por  caminos tortuosos de áspero y torpe recorrido.
Esta noche está haciendo punta “el divague”. Buey viejo, ciego, y pasado de picana, pero terco como el que más, porque su propia ceguera lo induce a caminar sin ver las espinas. Claro, eso no significa que no lo lastimen.
Este bicho me lleva nuevamente al cuento de Arturo –del que ya hemos hablado pero que sin duda lo seguiremos haciendo- aquel, el de los tres viejos que cansados de ser maltratados en la tierra un día uncieron tres bueyes de lerda molicie a una desvencijada carreta, y se fueron con sus guitarras rumbo a la luna.
Pero no se los voy a contar de nuevo. Hoy quiero interrogar a todos los amantes de la lectura, sobre las razones por las cuales (supongo que son más de una) una carilla de cuaderno escrita a lápiz puede seguir generando historias después de casi  treinta años.
Aquel cuento vuelve cada tanto a alguno de nosotros. Roberto especula sobre el derrotero y la integridad de la -ahora astral- carreta, asegurando que un viento solar la desvió de su derrotero llevándola más allá de la galaxia de Andrómeda.
Aldo le pone una cuota de sentido común al asunto, y nos tranquiliza señalando que los viejos llevaron tenaza y alambre, elementos con los que ningún uruguayo queda a pié.
Yo pinto por octava vez el cuadro de los viejos, seguro que no me gustará y lo tiraré para empezar la novena versión. Que la cosa va por el siena tostada; que ese amarillo no le proporciona la luz adecuada, que un poco de rojo de hierro quizá lo levante… pero al final no sé si algún día alguien verá el cuadro de los viejos en la carreta; o si lo que me resta de vida alcanzará para pintar lo que tengo en la cabeza.
Ahora, quizá a treinta y tantos años de aquel suceso, muchas noches camino hacia los campos para escudriñar entre las estrellas en busca de algún indicio de los carcamanes. Al principio buscaba alguna excusa, como pasear los perros, o hacer ejercicio, pero ahora simplemente salgo y me tiro en el pasto panza arriba para ver mejor, y tan mejor veo que muchas noches me descubro allá arriba. Tan arriba que a veces apenas alcanzo a divisar mi cuerpo en medio del campo.
Por eso estoy seguro que los viejos llegaron, que se habrán hecho un rancho en la luna y que estarán de guitarreada corrida.
También estoy seguro que un día de estos, también yo seguiré viaje dejando –como Arturo- el viejo y gastado cuerpo entre los pastos.-
Si…creo que esto ya lo escribí en alguna oportunidad, pero como lo he advertido antes, se trata de un divague no apto para seres sin imaginación.
Hasta el próximo…o la novena pintura de los viejos…
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